‘La mujer rey’ y la lucha contra los estereotipos

La mujer rey
Fuente: Sony Pictures
El largometraje, dirigido por Gina Prince-Bythewood, es un cambio en la manera de contar la historia de África. Basada en hechos reales, presenta a las Amazonas de Dahomey, un ejército que lucha contra su principal enemigo; los esteriotipos.

La mujer rey, dirigida por Gina Prince-Bythewood, es la confluencia a presión de diversos ejes temáticos que intentan reconstruir la historia de uno de los ejércitos más temidos de África durante el siglo XIX, las Agojie. Dirigida y protagonizada por mujeres, es una etopeya histórica basada en hechos reales que pretende dotar la industria de Hollywood de tramas contadas desde puntos de vista alternativos.

La directora pone el foco de atención en las mal llamadas, desde el sesgo europeo, Amazonas de Dahomey, militares que protegían uno de los reinos más poderosos de África durante el siglo XVII y el XIX – actualmente esta región forma parte de la República de Benín. Las Agojie fueron las encargadas de defender su pueblo con cuerpo y alma de invasores y de colonizadores. 

La mujer negra y empoderada

​En la película se muestra una faceta poco explorada de la mujer en el mundo del cine, sobre todo si es negra: la militar. La lucha cuerpo a cuerpo, la fuerza y el sufrimiento físico, las cicatrices, la destreza con las armas, el entrenamiento, la disciplina, etc. La protagonista, Nanisca (con una Viola Davis excelsa), encarna por sí sola dicha construcción. Desde la voz de la veterania guía a un ejército en que también destaca la rebeldía más juvenil, la de Nawi (Thuso Mbedu).

La Mujer Rey
Fuente: Sony Pictures

El sentimiento de pertenencia

Las Agoije no solo están lideradas por su general, sino que el sentimiento de pertenencia las guía siempre a ofrecer todo su potencial para defender su pueblo. Están en el ejército por motivos distintos: algunas porque la idea de ser regaladas a maridos viejos y mínimamente poderosos les desagradaba; otras porque fueron raptadas de poblados arrasados por el mismo ejército. Pese a estas diferencias, todas tienen como objetivo común defender al reino de Dahomey. Si hace falta, hasta por encima de su cadáver.

El colonialismo y el esclavismo

La historia se ambienta en el siglo XIX, es decir, en el África colonizada. Europeos blancos dominan desde su cómoda metrópolis un continente repartido como si fuera un pastel. El tráfico de personas, para ellos, esclavos, era la principal motivación de los portugueses en el Reino de Dahomey. Estos, alertados por el inicio de un negocio más rentable y justo en la colonia, el cultivo y venta de aceite de palma, vienen a parales los pies.

El hombre como enemigo

A lo largo de la película, el enemigo está personificado en el género masculino; el jefe de los homólogos de las Agojie, el violador de Nanisca y los colonizadores. Más allá de la lucha por un pueblo libre de colonizadores, en algunos momentos parece tratarse de una confrontación bélica contra el hombre. Solo el rey de Dahomey (John Boyega), parece mediar en esta guerra entre géneros.

Dicho todo esto, La mujer rey es una película muy ambiciosa, pero no es una obra maestra. Las tramas secundarias, además de ser totalmente innecesarias y restar ritmo a la acción principal, impiden profundizar en los tópicos que presenta la historia. De haber focalizado sus esfuerzos, estaríamos hablando de una llegada atronadora de la mirada alternativa a Hollywood. Aun así, nos encontramos con un cambio radical y sumamente bien ejecutado en la manera de escoger desde dónde mirar, siempre desde la posición de la mujer – es una pieza hecha casi exclusivamente por mujeres – y dónde poner el foco argumentativo.

Finalmente, aunque se podría decir que se queda a medio camino entre la película sumamente ambiciosa que es y el estreno casi excelente que podría haber sido, la obra de Prince-Bythewood es totalmente recomendable. No esperas que te enganche desde el primer momento, pero lo hace y además consigue que su empoderamiento traspase la gran pantalla y te apele directamente. Vale la pena sumergirse en su lucha y sentirse parte de ellas, aunque solo sea por un rato.

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