Volbeat en Barcelona: el rock no está moribundo

Fuente: Gemma Guasch Montesinos
Fuente: Gemma Guasch Montesinos
El grupo danés de trash metal Volbeat hizo su concierto en el Sant Jordi Club de Barcelona el 10 de noviembre. Bad Wolves y Skindred fueron sus teloneros. La velada fue una mezcla de mensajes positivistas y mucho rock de los más puretas a los más jovenes.

10 de noviembre. Una fecha como cualquier otra. Un día de concierto como cualquier otro. O ¿no? El pasado jueves, el rock invadió Montjuïc. The Cure actuó en el Palau Sant Jordi a la vez que Volbeat lo hizo en el Sant Jordi Club.

Quizás lo más natural es pensar que esta crónica hable del concierto del grupo más conocido, ¿verdad? Podría ser. Pero The Cure ya han sido los protagonistas de muchas otras crónicas. Además, ya va siendo hora de dar protagonismo a los grupos rockeros que no estén canosos, jubilados, y por desgracia, algunos ya en la otra vida. La época del estilo rockero pasó, pero su música sigue igual de viva que siempre. Algo que Volbeat y sus teloneros Bad Wolves y Skindred demostraron por todo lo alto.

Fuente: Gemma Guasch Montesinos
Confeti rojo. Fuente: Gemma Guasch Montesinos

La coincidencia de los dos grupos creaba confusión hasta para los trabajadores del evento que, desquiciados, preguntaban por doquier a cuál de los dos conciertos iba a asistir la gente. Porque, claro: “todos tenéis la misma estética”, dijo el hombre del peto amarillo ante la valla de entrada. Y tenía razón, la cola estaba plagada de chupas, chalecos tejanos y vaqueros negros; camisetas de Iron Maiden y Metallica; y más chapas y parches de grupos de rock que hilo en la ropa. “Y la misma edad, al parecer” añadió entre divertido y avergonzado un hombre de barba blanca y chaqueta de piel que estaba de pie en la cola. En efecto, parecía que el público del concierto iba a ser una masa de puretas rockeros y metaleros cincuentones.

A las seis de la tarde el escenario estaba vacío. La espera se hizo larga. La sala se iba llenando poco a poco: cientos de prototipos del rock escogían el pedacito de suelo en el que iban a estar toda la velada. Realmente era gracioso de ver, parecían distintas versiones de un clon.

La sorpresa llegó cuando apareció la adolescente de top violeta que venía con su madre o el chico de sudadera gris que disfrutaría del concierto solo, entre muchos otros jóvenes. La media de edad seguía siendo alta, pero la presencia de veinteañeros daba a entender que cuando los mayores se jubilen de ir a conciertos, las nuevas generaciones mantendrían el rock en vida. Aún queda esperanza.

Hacia las siete las luces se apagaron y el público soltó gritos de emoción. Bad Wolves, los primeros teloneros, empezaron fuerte. En cuestión de segundos el espacio sonoro pasó de ser murmullos indistintos a batería, bajo y mucha voz. Quizás los asistentes no conocieran sus canciones, pero su estilo heavy, la larga melena de una de los bajistas y su energía consiguieron que el público saltara con ellos. El momento culminante de su actuación: el cover de ‘Zombie’, de The Cranberries. Las linternas de los móviles seguían el ritmo y la gente cantaba al unísono. Se despidieron, agradecidos, y dieron paso a los segundos teloneros.

Skindred provocó tanta interacción con el público que, si había una porción de gente que no se sabía las canciones, acabaron cantando igual tras una breve clase de cuándo gritar “Kill the power!” o “That’s my jam!”. Su música recordaba al reggae sin perder de vista al rock, algo que enamoró los oídos de aquellos que acababan de descubrirlos.

Esto había estado bien, pero los asistentes, lejos de su objetivo de quedarse afónicos y con las rodillas como crackers, esperaban la llegada de los grandes. Un hombre rapado y con gafas de avioneta saltaba y gritaba con toda emoción: “¡Es Volbeat, son los Volbeat!”. Digamos que el ambiente estaba preparado para recibir al grupo danés.

Fuente: Gemma Guasch Montesinos
Volbeat en concierto. Fuente: Gemma Guasch Montesinos

Entonces, las luces volvieron a apagarse y las pantallas led empezaron a parpadear. Entre columnas de humo aparecieron Michael Poulsen (voz y guitarra rítmica), Rob Caggiano (guitarra líder), Kaspar Boye Larsen (bajo y coros) y Jon Larsen, escondido tras la batería. ‘Pelvis on fire’, ‘Lola Montez’, ‘Last day under the sun’ fueron algunas de las canciones que sacudieron las cabezas y melenas de la sala (quizás melenas no tantas, a juzgar por la edad). Probablemente, más de uno acabaría con tortícolis tras el concierto.

Alternaban estos títulos con los de su nuevo disco, ‘Servant of the Mind’: tocaron ‘Temple of Ekur’ y ‘Wait a minute my girl’, con la que soltaron globos y el público enloqueció. Entre todo esto y aprovechando el quinto cambio de guitarra, Poulsen le habló al público de su hija, de canciones que le había pedido que cantara. Para aquellos que no sabían inglés, lo único que seguramente entendieron fue todos los “fucking” algo y los continuos “fuck” que soltaba el vocalista. Algo que también se aplicaba al discurso de los teloneros, pues parece ser que para cantar rock debes maldecir hasta en sueños.

Continuaron con ‘Still Counting’ y ‘Heaven’s descendant’ hasta que hubo que cambiar las guitarras otra vez. ¿En el avión del tour, ocuparían más las guitarras o ellos? Durante esta pequeña pausa, Poulsen aprovechó para conectar con la población ucraniana. “Todos conocemos al diablo. Quiero dedicar esta a Ucrania, porque el diablo viene de fucking Rusia”, vociferó antes de cantar ‘The devil rages on’. Hay que admitir que el rock y el heavy son géneros musicales que pueden parecer ruidosos, violentos y duros, pero el mensaje que transmiten no tiene por qué serlo. Entre Volbeat y el discurso antirracista y pacifista de Skindred, quedó un positivismo general en boca de todos los asistentes.

Michael Poulsen tocando la guitarra | Fuente: Gemma Guasch Montesinos

Tras un par de canciones más, en un acto de hacerse de rogar, el grupo abandonó el escenario. La gente gritaba que volvieran, pues les había quedado una espinita clavada: faltaba ‘Die to live’. No podían engañar a la masa bajo el escenario, si se iban ahora el concierto acabaría sin un buen cierre y nadie dejaría una de sus canciones más conocidas fuera del repertorio del tour. De repente, sonó la esperada canción y Volbeat reinó en el escenario una vez más, despidiéndose de Barcelona. Cerraron el concierto lanzando sus púas usadas al público, algo que hizo arder Troya, pues más de uno (sobre todo los jóvenes, que aún les quedaba energía) se tiró al suelo a buscarlas.

Es cierto: el rock, el heavy y el trash metal no son géneros comerciales, pero no están moribundos. Los nuevos grupos y el público joven los mantendrán con vida cuando los canosos se jubilen.

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